martes, 7 de agosto de 2012

Viejos amigos, grandes reencuentros


Abrí los ojos, pronto reconocí mi habitación y vi 15 pares de ojos alrededor de mi cama mirándome, me sentí presionada y espiada.

-¿Qué día es hoy?

-Sábado, tenemos la reunión, ¿vas a ir?- me interrogo Adrián

-Pues claro-dije levantándome de la cama- desfilad, estoy perfectamente, tú- le dije a Mario- habla con el resto y luego me mandas un Whatsapp.

Prácticamente estaban flipando, no hacía ni doces horas que estuve al borde de la muerte y ahora me encontraba dando órdenes como cualquier otro día, lo que demuestra que hace falta más que una tarta con nueces para llevarse al otro barrio a Alice.

Corrí las cortinas de mi habitación, sol, un día casi, casi perfecto. Sonreí, me encantaban los días de verano en los que disfrutábamos de un sol como hoy, además tampoco hacía un calor sofocante y eso me ilusionaba. El tiempo era el mejor.

Me puse mis pantalones favoritos, una camiseta de manga corta, tacones y salí a dar una vuelta con Lidia.

-Hola- le grité desde la calle- ¿dónde vamos a ir?

-Había pensado ir a mirar mi vestido para la boda de Izan y Lucía.

-¿Aún no lo tienes?

Nos pasamos la mañana de compras, ilusionadas con todo, la boda era la semana que viene y hoy la reunión.

La tarde pasó volada y a las ocho teníamos que estar en la plazoleta preparadas, el grupo había quedado allí.  Todos íbamos con nuestras mejores galas y nos dirigimos al instituto.

Llegamos y nos dieron unas fichas con nuestros nombres y una foto del anuario de último curso, todavía lo recuerdo, teníamos una foto sentados en las escaleras del patio, Sofía y yo estábamos abrazadas, Patricia y Celia lloraban, Lidia sonreía, el resto estaba hablando. Una foto muy normal sí señores.

Pronto comenzó la fiesta, llegaron los abrazos, reencuentros, lloros, risas, viejas anécdotas, fotos, miles de fotos, mi cámara Nikon estaba con batería, gracias a Dios, porque saqué lo menos trescientas fotos esa noche, y casi me dediqué más a bailar que a otra cosa, sonaban canciones de este verano, pensé que nos pondrían lo que escuchábamos por aquel entonces.

Me ilusionó encontrar a Sara, fuimos buenas amigas el último curso, ya que me tocó sentarme con ella en nuestros pupitres dobles, era muy maja y me encantó comprobar que todavía lo era.

-Alicia- dijo- cuanto tiempo, ¿un año que no nos vemos?

-Algo así- sonreí- me disculpas, voy a la mesa, me han dicho que hay una fuente de galletitas saladas y sabes que son mi perdición.

Me di la vuelta y me acerqué a la mesa, fruncí el ceño cabreada, no había fuente de galletitas, así que me conformé con un puñado de frutos secos (afortunadamente no había nueces)

De la que volvía me encontré a Lidia que alterada me dijo:

-Ven, corre, no te pares.

La seguí rápidamente y lo vi todo, Mario y Sara besándose delante de todo el mundo, cuando por fin pararon, él me vio.

-Alicia, no es lo que crees…

-¿No? Entonces dime, ¿Qué coño estabais haciendo si no besaros?

Corrí a la plazoleta, mi único consuelo era la soledad de la noche y el silencio de las dos de la mañana. Y allí con la soledad, el silencio y el ambiente de una noche de agosto de 2012, me derrumbé en un mar de lágrimas, apenas llevaba dos minutos llorando cuando vino Claudia, que había presenciado la escena. Me abrazó, y allí estuvimos durante diez largos minutos, luego me acompañó a casa.

-Tranquila- dijo- solo ha sido un mal día.

Eso era lo que yo quería creer, pero mi corazón no podía hacerse a la idea…

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