Oscuridad. Por un instante no supe si aquello era un sueño o
realmente había vivido esas experiencias que durante lo menos una semana
turbaban mi cabeza. Silencio. Alargué el brazo hasta palpar mi móvil y poder
comprobar que eran las tres de la mañana. Mi estómago rugió, ¿enserio?, no soy
ese tipo de personas que ataca la nevera en medio de la madrugada y que está
saltándose una severa dieta. Triste, se me hacía extraño esto estando en el
peso ideal. Sin ningún miramiento avancé desde mi habitación hasta la cocina,
comprobé que Celia tenía su habitación cerrada y que Lorena dormía con la
puerta abierta, me paré un instante y la observé. Ella siempre había tenido un
sueño muy profundo, sin embargo se revolvía inquieta entre las sábanas “Con
razón” dijo una voz en mi interior. Esta misma tarde, yo había llegado con mi
gemela anunciando que a partir de ahora seríamos cuatro en casa. Mi amiga
mencionó algo en referencia a la vieja solterona del 13 rue del Percebe, esa
que recogía todos los animales abandonados que encontraba y los llevaba a su
casa.
Sigilosamente avancé por el salón procurando no despertar a
Rocío que se encontraba dormida en nuestra cama hinchable, finalmente llegué a
la nevera y me encontré falta de lo que buscaba: una buena tableta de chocolate
con dulce de leche. Bufando y haciendo murmuraciones en contra de Celia, abrí
la despensa. Nada de chocolate relleno. Así que tuve que conformarme con una
tableta de chocolate normal y el tarro de galletitas saladas, es decir, mi
perdición. No me molesté en volver a mi habitación, me senté en uno de los
taburetes de la cocina y me apoyé en la mesa. En menos de media hora terminé
con el chocolate y un cuarto del tarro de galletitas.
Satisfecha con mi fechoría, volví a mi habitación y me
acosté. Dirigí la mirada al techo. Nada, ni gota de ganas de dormir. Extrañada,
me puse los cascos y comencé a escuchar música. Cuando por fin mi móvil marcaba
las 4 de la madrugada estaba prácticamente derrotada. Creo que al final dormí
alrededor de 5 o 6 horas, porque a las 10 estaba Lorena trajinando por la casa,
apurando los últimos días de verano para limpiar. No sabía si ponerme a gritar
o simplemente levantarme, murmurar un buenos días, tomarme una buena taza de
café y dedicarme a la vida contemplativa hasta que a las 5 de la tarde me
tocara abrir la tienda de moda en la que trabajaba. O c) ninguna de las
anteriores. Me parecía como uno de aquellos test que nos hacía la profesora de
geografía de 1º de bachiller, Ana María, en los que las preguntas solían tener
cuatro posibles respuestas y la última siempre solía poner: ninguna de las
anteriores.
Pues elegí la c), montar mi propia respuesta. Abrí la ducha
y dejé que el agua corriera por todo mi cuerpo, no me molesté en regular la
temperatura que había dejado Celia, amante del agua templada, cuando por fin
consideré que mi pelo estaba decentemente lavado y mi cuerpo lo mismo, salí y
me envolví en una toalla. Abrí mi armario y comencé la búsqueda de unos vaqueros
y una sencilla camiseta de color gris.
Finalmente me dirigí a la cocina, vaya asco de mañana que
llevaba. Un día de pena, una noche de pena, y Lorena de un humor de perros.
Solo se me ocurrió soltar un: perfecto, lleno de ironía cuando comprobé que la
rizosa estaba limpiando los azulejos de la cocina, cosa que solo tiende a hacer
cuando está de mal humor.
Aquello fue algo tipo el colmo de los colmos, y, a
diferencia del chiste, no hizo que la casa estallase en carcajadas ni mucho
menos. Celia paró de soltar ese torrente de palabras que estaba haciendo
soportar a mi gemela y Lorena soltó un resoplido que inundó el piso entero. Un
minuto de silencio y Cecu siguió aburriendo a mi hermana.
Me preparé el desayuno, un
par de tostadas con mantequilla y mermelada de fresa y una buena taza de
café. De lo bueno lo mejor.
Trajiné por la casa toda la mañana, colocando mi habitación
y preparando la comida, también ayudé a colocar la cama de Rocío en una parte
del salón y la acompañé a su hotel a recoger sus maletas y hacer sitio en mi
armario para su ropa.
Pasamos por delante del portal de Sara, me paré un segundo a
admirar el portero automático que afortunadamente no tenía cámara, pare a Rocío
y le expliqué todo aquella historia de La Princesa Blogger que ya le había
resumido el otro día en la cafetería de Diego.
A las dos estábamos en casa, y había alguien que sobraba en
nuestra vivienda, cuando cerré la puerta y observé a Lorena sentada en un
taburete, Celia en una silla y a Sara en el sofá, temí lo peor…
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